Puede que no tenga los lentes puestos, pero reconozco la indiferencia cuando la veo.
La he visto en tu rostro, en cada parte de éste. La veo en tus ojos el mirarme, en tu mandíbula al tensarse y en tu tez al palidecer.
Puede que tenga problemas auditivos, pero eso no me impide notar la entonación cortante, seca y áspera con que adornas cada una de las palabras cuando de hablar conmigo se trata.
Puede que nunca haya tenido un muy buen sentido olfato, pero ésta situación me huele cada vez peor.
Puede que me falte tacto. De hecho, reconozco que soy un poco tosco en el trato con la gente, pero no creo haber hecho o dejado de hacer algo que haya provocado esto.
Sé que nuestros gustos nunca fueron los mismos, pero siempre supimos respetar, tolerar y hasta cierto punto, adoptar los gustos del otro.
Tengo los sentidos suficientemente agudizados como para que las cosas fueran igual que en el pasado. Aún así, ya no te veo como antes. Ya no te escucho cerca. Ya no sé diferenciar tu olor. Ya no siento lo mismo al rozar tu piel. Ya no gusto de ti como lo hacía, y sé que tú de mi tampoco.
Sí, sé que soy un tonto, y por eso mismo me rehúso a perderte. Sé que no correré con la misma buena suerte una segunda vez.
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