Pues sí. El amor viene y se va. Se va, a menos de que aprendas a mantenerlo, y eso es trabajo de dos, fíjate.
Llega el amor y entonces uno todo mal. Incomprendido y escalofríos y celos y dudas y me gustas y tú a mi también y sonrisas y pensarte todo el día y temblar y suspirar y suspirar y mira cómo me fluyen las ideas, mira cuánto te quiero y cuánto te extraño. Y sí, ya quiero verte, sí, mañana está bien. Vamos por un helado y discutimos y Pink Floyd, sí, los biruls. Oye, mira, ¿Ya probaste ésto? Es delicioso. Sí, bueno, cada vez más amor y más confianza; de lo más lindo el asunto.
Y al día siguiente ya. No hay nada. Ni siquiera el vestigio del más leve cosquilleo. Ni la más mínima atención. No hay nada más que indiferencia, y los ánimos caen, los nervios regresan, el temblor, y ¿porqué?, y las dudas, y el quiéreme como antes.
No. ¿Qué no ves que te necesito? Sí, ya vi que tú no.
Bueno, ya está, sé que me hace daño estar así.
Y tratas, y tratas, y tratas, y la olvidas por fin.
Pero ¿Y luego? Es que la mente lo traiciona a uno, che. La recuerdas otra vez.
¿Y ella pensará en mí?
Cuánto te extraño, che.
Ojalá todo fuera como antes.
Ains, ésta la amé. Me hice un nuevo blog para seguirte y escribirte. Te amo.
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